La Coctelera

Categoría: Pensamientos escritos

5

Escribir

He observado a enamorados amarse, a asesinos matar, a niños jugar con la imaginación. Cárceles y burdeles me han abierto sus puertas; galeones y caravanas de camellos han cruzado mares y desiertos conmigo; siglos y continentes se han esfumado a mi antojo. He espiado las fechorías de los poderosos y he sido testigo de la nobleza de los sumisos. Tanto me he inclinado sobre personas que dormían en sus lechos que es posible que hayan notado mi aliento en sus caras. He visto sus sueños.

Mi estudio está abarrotado de personajes que están esperando a ser escritos. Personas imaginarias, deseosas de una vida, que me tiran de la manga, gritando: ¡Ahora yo! ¡Venga! ¡Me toca a mí! Tengo que elegir.Y en cuanto ya he elegido, el resto calla durante diez meses o un año, hasta que llego al final de una historia y el clamor se reanuda.

El cuento número trece, de Diane Setterfield

Pocas veces he leído un fragmento que me haya cautivado tanto como este, pues describe a la perfección lo que sentimos los lectores con un buen libro entre manos, y los escritores cuando nos plantamos ante el papel y dejamos que la imaginación mueva nuestra mano en su relato.

PD: Estoy leyendo este libro yesaltamente recomendable.

7

Somos ruines, y el fútbol

00:48, el silencio soñador se apodera de la ciudad. Mientras, este ordenador sustituye a otro lesionado que se jubiló antes de tiempo. Aún así, este también empieza a quejarse, lo hago trabajar demasiado estos días y no está acostumbrado. Dice ser demasiado señorito como para jugar en plena Champions cuando ha pasado tres meses de vacaciones en el Caribe.

A lo lejos se escucha el camión que va recogiendo lo que los ciudadanos tiramos, todo aquello que ya no nos sirve o que simplemente dejamos caer en el olvido. Por lo demás, la ciudad duerme en un sueño profundo. Y pienso que si hace dos horas Ronaldiho hubiera metido un gol más, toda Barcelona estaría todavía en plena celebración en la fuente de Canaletes. Pero no ha sido así, el Barça ha ganado para perder y los aficionados prefieren irse a dormir para olvidar el mal trago. No nos podemos imaginar lo que mueve el fútbol, y no sólo ya en las esferas deportivas, sino en el ámbito personal de una simple persona.

Resulta impresionante ver un campo con más de 50.000 personas en pie, bufandas en mano y cantando un himno del que sienten hasta la más mínima nota. Es extraordinario comprobar cómo los que verdaderamente juegan no son los jugadores, sino los que están en las gradas empujando las botas de cada uno ellos. Observar cómo medio país se detiene ante un televisor durante 90 minutos, siguiendo cada movimiento de un balón, escuchar las palabras de los comentaristas que se dejan la garganta en cada ¡uy! ¡penalti! ¡goooooooooool!

Parecerá mentira, pero el fútbol hace ver a las personas de forma distinta. O quizás las hace ver cómo son en realidad. Me cuesta entender cómo, medio minuto después a la sentencia del partido, explotaran cohetes de pólvora en el aire. Y no lo digo porque perdiera el Barça, sino porque ha perdido un equipo de aquí, punto. Si lo mismo le hubiera pasado al Madrid, también habrían sonado fuegos de artificio del bando contrario. Aquí es donde se demuestra que los seres humanos somos ruines. En vez de compadecernos por el que ha perdido, o no hacer nada para aumentar la herida, metemos el dedo en la yaga y nos ensañamos con ellos. Lo que decía, que somos ruines.

Hay un dicho que dice con mucha sabiduría: todos los extremos son malos. Qué razón tiene. ¿Por qué no buscar un término medio? ¿Por qué no contener las ganas de hacer mal o reírse de ello? Si ha perdido un equipo, de acuerdo, ha perdido, se lo ha buscado o mil y una razones que saldrán publicadas mañana en los diarios. Pero de ahí a alegrarse… Y si hubiera ganado, pues perfecto para ellos. Más competencia, y a más competencia, más mérito para el que finalmente gane. Porque no es lo mismo ganar con el campeón en el terreno de juego, que ganar sabiendo que el campeón juega en otra división.

Al fin y al cabo, sólo es fútbol. Al fin y al cabo, somos nosotros.

5

La sonrisa de la informática

Año 1999: un ordenador con sistema operativo MS-DOS llega a mis manos. Se abre un mundo casi desconocido hasta entonces. No es el mayor adelanto del siglo, pero la computadora funciona y eso sirve de sobras. La pantalla es en blanco y negro, pero la imaginación da el resto. Para hacer que funcione hay que teclear una serie de códigos y cifras, un juego entretenido que se convierte en la rutina más simple. C:\WP, Yes ¡y a escribir! En la pantalla, el mar negro va perdiendo su fondo a través de palabras que ocupan su espacio. El Word Perfect era de lo más rudimentario, e incluso conseguía ponerme furiosa cuando –antes de imprimir un documento acabado– se borraba por arte de magia, pero era el gran paso para dejar atrás la más prehistórica aún máquina de escribir.

Se abre un ventanal de posibilidades, conceptos nuevos que parecen extraños. Un mundo por descubrir que aumentaba mi entusiasmo. Aquello tenía que hacer maravillas y yo tenía que encontrar la manera. Además del Word Perfect, aquella máquina grande que ocupaba todo mi escritorio me ofrecía dos juegos: The Prince of Persia y Los Lemmings, unos liliputienses que tenían que pasar por distintas aventuras. Y todo ello en blanco y negro y en 2D. Aquellos “discos A” cuadrados que parecían vinilos de archivador hacían que el ordenador emitiera sonidos extraños, pero era impresionante ver cómo allí dentro podía haber algo. Aquella máquina era antigua, se había quedado desfasada incluso antes de llegar a mis manos (por eso me la regaló un familiar…) y sus días iban quedando contados, pero había logrado su función y había despertado en mí una afición por la era tecnológica: todo era posible.

Verano del año 2000: el laberinto de cifras y códigos para que funcionara aquel cacharro queda atrás con la flamante llegada de un súper ordenador de última generación. Mi primer ordenador. Mi primer quebradero de cabeza. Esta vez lo había escogido yo, ilusionada ante las nuevas posibilidades. Todavía recuerdo aquella explosión de color cuando lo encendí por primera vez. Quedó grabado en mi memoria a fuego ardiente. Mis ojos se salían de sus órbitas intentado acostumbrarse a aquel arco iris festivo mientras alguna exclamación de júbilo se dibujaba en mis labios. Y con todo aquello llegaron las primeras dudas, y el gran consejo: “descubre, y míralo todo hasta que rompas algo. Es la única manera de aprender informática”. Y así fue. Analizando la mayoría de carpetas, escrutando las carpetas primordiales para el buen funcionamiento del ordenador, rompí algunas cosas, pero fue la manera en que encaminé mis pasos hacia el aprendizaje. Me convertí en una autodidacta de la informática.

Septiembre del año 2003: habiéndome graduado ya en la academia virtual, era el momento de cambiar. Pero esta vez, habiendo aprendido de los errores, fui yo misma la que creé un ordenador a la carta. Recogí las piezas del antiguo que me podían servir (monitor, disco duro, grabadora CD y lector DVD a casi estrenar) y llegué a la tienda con las ideas fijas. Quería un ordenador a mi manera, combinando múltiples piezas hasta dar con la máquina perfecta para aquella época. Resultado: una autopista de velocidad y espacio por solo 300€, que por cierto salieron de mi bolsillo bajo deseo expreso. Parece que no lo hice tan mal, todavía funciona a alto rendimiento.

Lunes, 15 de enero de 2007: en este lapso de tiempo he adquirido o han pasado por mis manos diferentes medios de la nueva era tecnológica. Pero no solo de ordenadores vive el mundo, el otro gran invento del siglo XX fue –sin duda– el teléfono móvil. Se acabaron los aparatosos cables enredados. Adiós a salir de casa y perder el contacto con la humanidad. Finiquito a las cabinas telefónicas en plena calle. Hola a una nueva generación social, a la revolución más reinventada en que se convertiría después. Había llegado un teléfono sin cable, con autonomía propia que te permitía hablar con quien quisieras y cuando quisieras. Al principio eran simples llamadas de voz, luego llegaron los mensajes de texto (el gran boom), más adelante la música, acompañada de fotos y vídeos, después las videollamadas y, la semana pasada, todo eso incorporado en un solo teléfono: el iPhone.

La razón de todo esto no es más que hacer posible un mundo más cómodo y más comunicado (aparte del gran negocio de Microsoft y cía). A tal punto ha llegado el fenómeno, que hoy mismo existe la enfermedad de la adicción a la tecnología. Por las esquinas aparecen inconvenientes y manifestantes contra el uso de las tecnologías. Yo creo que todo lo que sea un avance, bienvenido sea. Hace solo media hora recibí un mensaje multimedia. ¿Y qué? Millones de personas en el mundo habrán recibido otro en ese preciso instante. Posiblemente. Pero a mí ese mensaje me dibujó una sonrisa que llevaba perdida en todo el día. Una sonrisa que me recordó la grandeza de la tecnología, de todo lo que podía llegar a hacer. Logró que, por un momento, me olvidara de todo y detuviese mis pensamientos por un segundo. Fue gracias a ese mensaje que vi a mi prima de dos años y poco más luciendo una gran sonrisa y una corona de princesa mientras su madre le hacía una foto con el móvil. Parece mentira la cantidad de cosas que se pueden hacer con la tecnología. Parece mentira la cantidad de sentimientos que se pueden expresar a través de ella, cuando la distancia lo hace imposible por otra vía. Parece mentira que la informática nos haga sonreír.

1

Si pudiera

Cuántos días sin venir por aquí, cuántos días sin salir al mundo...

Qué bonito estaba ayer el Sol, el cielo, las nubes, los árboles, Girona... Ayer todo era maravilloso, al fin. Hoy todo se vuelve oscuro, lejano...

En la majestuosidad del otoño, el frío y las pocas fuerzas me hacen sentir más pequeña en este gran universo caótico. Mañana empieza la batalla y yo sin fuerzas, me conformo con no caer derrotada. ¡Con aprobar!

Bé, diuen que en qualsevol nit pot sortir el Sol, oi?

[Que el tiempo se me escapa de las manos, pero a la vez los minutos me saben a una eternidad, que me faltan fuerzas, que la Cruz de la Victoria me las dé y que esto pase ya...]

1

Música, insultos y cosas varias

Parece mentira, pero tengo que esperar hasta las 01:17 para encontrar un momento de tranquilidad en este lugar.

Llevo dos días y dos noches recluída en casa, estudiando, leyendo, subrayando, escribiendo y volviendo a estudiar. Divertido y ameno, ¿verdad? La semana que viene empiezan los exámenes en la uni, así que he tenido que sacrificar el mejor puente de la historia para quedarme en casita estudiando...

Mis ojos parpadean y parpadean. Leen y leen un montón de líneas que al final acaban por carecer de sentido porque... ¡esto ya lo leí antes! Intento forzar la lectura y apresurar la vista. Quedan muchas páginas y pocas horas. Pero al final la naturaleza acaba venciendo. Los ojos empiezan a dejar de parpadear para ir haciéndose más pequeños. Cada vez más pequeños. Una ducha despierta los sentidos, una cena ameniza el trajín. Después, vuelta a empezar, o a seguir, ya tanto da. Son las 02:00 cuando por fin doy por acabado el segundo libro de Constitucional. ¡Moriste!

Y cuando piensas que el sueño vendrá rápidamente, pues llevas todo el maldito día estudiando, éste se presenta burlón. Esta noche no, por favor. Pero sí, toca de nuevo insomnio. Ni diez canciones del iPod lo atraen. No quiere y no quiere. Finalmente llega, pero es un sueño de aquellos que no te dejan descansar (maldito...) Consecuencia: 11:00, hoy no me puedo levantar...

Pero como una tiene mucho remordimiento de conciencia, acaba despidiéndose de la almohada. Ha llegado el momento, un libro de Teoría del Derecho sobre la mesa está expectante por ser leído. Pero es entonces cuando el mundo se vuelve más mundo, más cruel, si cabe. No era suficiente con que me hubiera quedado sin puente, sin salir a la calle, todavía quedaba el toque final...

La música a todo volumen de la vecina de al lado llega fielmente a mi comedor. Bien, no es nada raro, esta mujer es así... Emigro hacia mi habitación, donde espero econtrar algo de silencio... Ignorante, me había olvidado de la vecinita de abajo, que le gusta hacer tronar mis oídos con su radio a toda revolución... Pero la cuestión primordial aquí es que ¡ambas han puesto la misma emisora en el dial!

La música me persigue. Desalojo el local y busco refugio en la habitación del otro punto de la casa. Es inútil, el eco de la música sigue llegando. ¡Los decibelios no las dejarán sordas, no! Ahora, además, puedo escuchar perfectamente a mi prima pequeña (que vive en el piso de arriba) cantar a grito pelado una canción de RBD... Nooooooooooooooooo

Después de la tempestad llega la calma, o el oasis... Cesada ya la música, toca el turno de los insultos de los vecinos de abajo. Yo no sé de dónde han salido, creo que de una jungla, porque de una sociedad normal no pueden ser. No es normal que se pasen el día chillando los unos a los otros. No es normal que un niño de cinco años aplaste a su hermana (de 3-4 años) con insultos de la talla "me cag- en tu put- madre" y cosas varias...

Tras pasar todo el día leyendo, mis ojos acaban dictando sentencia: mañana será otro día. Sí, otro día menos para estudiar...

2

Tú y yo

Ven, acércate. Dame la mano y acompáñame. Quiero que veas lo que veo yo. Vamos, que nos esperan. Tengo algo que mostrarte, sólo tú y yo. El mundo que se pare o que dé mil vueltas en un segundo. Que de aquí no nos mueve nadie.

Munch me ha dado dos invitaciones, una para mí y la otra para ti. Ven, acércate. Dame la mano y acompáñame. Quiero que veas lo que veo yo. La luna ha quedado allí prendida, reflejándose en el lago. Vamos, que nos esperan. Esta noche, el mundo es para nosotros dos...

Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida.

Pablo Neruda

7

Noches de insomnio

En este sábado que ya se fue, dejando a un lado la pereza, vuelvo a pasearme por la blogsfera. Realmente hay estaciones de paso que merecen detenerse y leer un rato. Descubrir un diamante en bruto y aportar tu visión de la vida.

Son las 02:26 de este domingo. Y el sueño no llega. Tampoco quiero. Esta noche hago la función de Supernanny. Después de unas cuantas horas, la niña ha sucumbido al sueño. Rendida, intentando luchar contra sus párpados que se cerraban, me ha preguntado cuatro veces qué haría yo, si no me iba a dormir también. "En un ratito". Sin estar del todo convencida, me pedía que dejara la luz encendida. ¿Miedo a la oscuridad o a la soledad? De todas maneras, todas las luces de la casa encendidas.

Tras actualizar el fotolog (vaya deber diario que nos imponemos nosotros mismos, como si ya no tuviéramos suficiente) pasé al comedor para ver algo de TV. Cómo no, no daban nada que valiera la pena. Hace años que la televisión ha entrado en una habitación oscura de la que no quiere salir. De vez en cuando aparece alguna grieta que nos aporta luz, pero enseguida se apresuran a taparla. Los programas del corazón salen de hasta debajo de las piedras. Porque ahora lo más importante es saber qué hace la Pantoja y el Cachuli... Por arte de magia, estos programas se han convertido en especialistas de derecho penitenciario y urbanístico. Hablan de juicios, querellas y redadas como quien dice que el semáforo consta de 3 colores: rojo, amarillo y verde. Por otro lado, los telediarios (por llamarlos de alguna forma, pues se han convertido en magazines -tal y como dijo Víctor Amela-) nos sorprenden mostrándonos las andanzas de los personajes del corazón. ¿Nos hemos vuelto locos o qué? Estos espacios "informativos" se componen de algo de política incoherente, situación internacional, maltratos de género, lo mal que desayunan los niños españoles y la vida de estos personajillos. Mejor apagar la tele...

Algo de lectura nunca viene mal. La catedral del mar me espera ansiosa. Leo unas páginas, interesante vida medieval mezclada con algunas batallas...

Una mirada rápida a mi prima, duerme plácidamente junto a la luz de la mesilla. Es hora de ir apagando el resto de luces. Comedor a oscuras, revisión a la puerta para cerciorarse de que está bien cerrada, habitación en la penumbra... Con cuidado, aparto las sábanas y me meto en la cama. Ni rastro del sueño. Esta noche no llega. El ordenador y el iPod deben ser mi compañía pues.

Mis padres y los de ella de fiesta, ella dando vueltas de vez en cuando bajo el sueño que a mí me falta. Las 02:41 y yo sigo aquí más despierta que ninguna. El edificio sigue en silencio, todo el mundo duerme, menos yo... Una vez más, me apunto una noche de insomnio. Y yo feliz, despierta...

2

Invitada sin invitación

Existe en la vida una fuerza extraña que mueve mares y montañas, aunque -mejor dicho- no mueve nada, sino que consigue que nada se mueva. Una fuerza que nos domina y nos clava en un sitio.

Se pasea por donde quiere, entra en las vidas ajenas sin preguntar y sale de ellas cuando alguien se rebota y la saca a patadas. Viaja por el planeta sin invitación alguna, pero se convierte en anfitriona indiscutible.

¿Cuál es esa fuerza que nos domina, que nos impide continuar con nuestros pensamientos? Ahora mismo se está apoderando de mis manos. Intenta convencerlas de que no sigan tecleando, que no escriban nada más. Pero el sentido común sale a flote y la contraataca.

¿Cuál es esa invitada sin invitación? ¿Qué cosa hace que el mundo no siga girando? ¿Qué es lo que te hace quedarte estirado en el sofá en vez de salir a hacer footing? Efectivamente, santa Pereza.

Por pereza no escribí antes estas líneas. Por pereza dejé aquel libro sin terminar. La pereza se llevó palabras que ahora no recuerdo y quería escribir.

Santa Pereza, la madre de las neuronas cansadas, aprovecha cualquier ocasión para tirar por tierra un pequeño amago de actividad.

¿Y cómo se combate? ¿Cómo se acaba con ella? Me parece que ya lo dije antes, la pereza está intentando convencer a mis manos para que paren de escribir, y creo que lo ha conseguido...