Parece mentira, pero tengo que esperar hasta las 01:17 para encontrar un momento de tranquilidad en este lugar.
Llevo dos días y dos noches recluída en casa, estudiando, leyendo, subrayando, escribiendo y volviendo a estudiar. Divertido y ameno, ¿verdad? La semana que viene empiezan los exámenes en la uni, así que he tenido que sacrificar el mejor puente de la historia para quedarme en casita estudiando...
Mis ojos parpadean y parpadean. Leen y leen un montón de líneas que al final acaban por carecer de sentido porque... ¡esto ya lo leí antes! Intento forzar la lectura y apresurar la vista. Quedan muchas páginas y pocas horas. Pero al final la naturaleza acaba venciendo. Los ojos empiezan a dejar de parpadear para ir haciéndose más pequeños. Cada vez más pequeños. Una ducha despierta los sentidos, una cena ameniza el trajín. Después, vuelta a empezar, o a seguir, ya tanto da. Son las 02:00 cuando por fin doy por acabado el segundo libro de Constitucional. ¡Moriste!
Y cuando piensas que el sueño vendrá rápidamente, pues llevas todo el maldito día estudiando, éste se presenta burlón. Esta noche no, por favor. Pero sí, toca de nuevo insomnio. Ni diez canciones del iPod lo atraen. No quiere y no quiere. Finalmente llega, pero es un sueño de aquellos que no te dejan descansar (maldito...) Consecuencia: 11:00, hoy no me puedo levantar...
Pero como una tiene mucho remordimiento de conciencia, acaba despidiéndose de la almohada. Ha llegado el momento, un libro de Teoría del Derecho sobre la mesa está expectante por ser leído. Pero es entonces cuando el mundo se vuelve más mundo, más cruel, si cabe. No era suficiente con que me hubiera quedado sin puente, sin salir a la calle, todavía quedaba el toque final...
La música a todo volumen de la vecina de al lado llega fielmente a mi comedor. Bien, no es nada raro, esta mujer es así... Emigro hacia mi habitación, donde espero econtrar algo de silencio... Ignorante, me había olvidado de la vecinita de abajo, que le gusta hacer tronar mis oídos con su radio a toda revolución... Pero la cuestión primordial aquí es que ¡ambas han puesto la misma emisora en el dial!
La música me persigue. Desalojo el local y busco refugio en la habitación del otro punto de la casa. Es inútil, el eco de la música sigue llegando. ¡Los decibelios no las dejarán sordas, no! Ahora, además, puedo escuchar perfectamente a mi prima pequeña (que vive en el piso de arriba) cantar a grito pelado una canción de RBD... Nooooooooooooooooo
Después de la tempestad llega la calma, o el oasis... Cesada ya la música, toca el turno de los insultos de los vecinos de abajo. Yo no sé de dónde han salido, creo que de una jungla, porque de una sociedad normal no pueden ser. No es normal que se pasen el día chillando los unos a los otros. No es normal que un niño de cinco años aplaste a su hermana (de 3-4 años) con insultos de la talla "me cag- en tu put- madre" y cosas varias...
Tras pasar todo el día leyendo, mis ojos acaban dictando sentencia: mañana será otro día. Sí, otro día menos para estudiar...