
Hubo una época, un momento de la Historia, un año. Existió una sociedad, un pequeño pueblo, una calle, un niño. Existieron tantos momentos, tantas historias, tantas imágenes, que el mundo nunca se detuvo. Siempre hacia delante, siempre asomando la mirada más allá.
Una mañana, como otra, el niño fue al calendario, un día menos, un día más de 1973. Un día espléndido, el Sol radiante, amenazante en lo alto, el trigo desplazándose al compás de la suave brisa, nubes paseando tímidamente.
Se dirigió alegremente hacia el trigo, paseando con las manos abiertas, tomando entre sí las finas ramitas acariciándole la tez. Cuatro pasos más por aquí, seis más allá mientras el tiempo pasaba alegremente dejando que el verano marcara el compás. De pronto se detuvo y dejó caer su cuerpo al trigal, aplastando todo bajo su peso. Cerró sus ojos en un parpadeo extenso, imaginándose las nubes sobre sí, y sonrió al notar su presencia, sabía que allí estaba. Abrió los ojos y la vio, con sus bucles bajo el sombrero, ante sí, con su sonrisa pícara. No dudó, no pensó, no habló, simplemente se levantó y comenzó a andar campo a través, hasta el final.
Dos raíles separaban un campo del otro, dos líneas rectas infinitas por las que de vez en cuando por el día pasaba un tren a velocidad de vértigo, mientras que al caer la noche las vías frenaban las intenciones de los vagones cargados de carbón. Los
niños, al principio con algo de temor, se introdujeron en las vías férreas y comenzaron a caminar hasta la estación fantasma. Allí se detuvieron durante horas admirando las nubes hasta que llegó el momento, la misma sonrisa que antes volvió a aparecer, y el tren llegó a su parada fantasma. Una estación fantasma para un tren fantasma, un tren que les haría viajar, recorrer mundo, avanzar en el tiempo, porque en definitiva, nadie los esperaba y tenían todo el tiempo de la eternidad. Los fantasmas siempre tienen tiempo…
Muchos años han pasado ya desde aquel 1973, mucho ha cambiado el mundo desde entonces. Sin embargo, hay cosas que nunca cambian, que son eternas.
Y el tren suspira, comienza a andar remolón, poquito a poquito, pasito a pasito, hasta adentrarse en el túnel sin fin, sombrío, eterno, solitario, donde se perderá mientras las calles desaparecen, la gente se esconde, la ciudad duerme y de fondo se escuchan dos vocecitas casi inteligibles que cantan “In 1973, I will always be singing “here we go again”, in 1973…”
Cada cual es hijo de su tiempo y deudor de su pasado.

Tímidas, pero desafiantes a medida que se acercan a la gran ciudad. Aparta por un momento su mirada del mundo exterior y la vuelve hacia un precioso gato que se pasea por el ático de ensueño. Se va acercando poco a poco, calculando los pasos y el tiempo que emplea en ellos. "Las nubes se están preparando para dejar caer la lluvia" le dice al minino, que ha llegado hasta sus pies y se propone subir a su encuentro. Pero adivina sus pensamientos y, antes que el felino pueda dar un paso más, lo coge y se lo lleva consigo. Delante tiene un ordenador portátil con un documento abierto, su título se adivina así El susurro de la lluvia.


