Cada vez que veo las imágenes se me encoge el alma, pues Galicia es mi segunda tierra, una tierra que cada minuto cae devorada por las llamas que avanzan sin rumbo ni nada que las pare. Sus habitantes ven como sus montes y tierras que han heredado y trabajado durante años, sus únicas posesiones, se queman sin que puedan hacer nada.

Algunos le echan valor al asunto, agarran cubos de agua y se adentran en el infierno terrenal, porque realmente están viviendo un infierno en la Tierra. Otros, vencidos y con temor a que el fuego se lleve más que tierras y árboles, cogen los enseres indispensables y corren al coche para escapar de las llamas. Atrás quedan sus casas, sus pertenencias, sus tierras, sus árboles, todo ya devorado por el fuego.

Toda España ve en cada informativo los múltiples focos que azotan la comunidad gallega. Las cadenas repiten los números de teléfono para el voluntariado, porque cada ayuda son menos metros quemados. Pero hay veces que la ayuda voluntaria, la de los vecinos, es insuficiente. Es el momento de que entren en juego autoridades, ejércitos contra el fuego y políticos que gobiernen las llamas. ¿Y dónde están? Me pareció verlos de vacaciones, disfrutando de la playa y de un todo incluido para que no les falte de nada… ¿O fue un sueño?

Y mientras, en Galicia, los vecinos siguen luchando contra las llamas cada vez más poderosas que abrasan todo a su paso, porque para el fuego no existen las vacaciones, ni deja a los afectados disfrutar de la playa y el todo incluido se convierte en todas las tierras, árboles, animales y plantas incluidas en el recorrido rojo abrasador del fuego.

Arde Galicia y seguirá ardiendo aún cuando las llamas físicas hayan sido extinguidas, porque lo que el fuego abrasa, sigue quemando a la vista de sus propietarios.