He observado a enamorados amarse, a asesinos matar, a niños jugar con la imaginación. Cárceles y burdeles me han abierto sus puertas; galeones y caravanas de camellos han cruzado mares y desiertos conmigo; siglos y continentes se han esfumado a mi antojo. He espiado las fechorías de los poderosos y he sido testigo de la nobleza de los sumisos. Tanto me he inclinado sobre personas que dormían en sus lechos que es posible que hayan notado mi aliento en sus caras. He visto sus sueños.

Mi estudio está abarrotado de personajes que están esperando a ser escritos. Personas imaginarias, deseosas de una vida, que me tiran de la manga, gritando: ¡Ahora yo! ¡Venga! ¡Me toca a mí! Tengo que elegir.Y en cuanto ya he elegido, el resto calla durante diez meses o un año, hasta que llego al final de una historia y el clamor se reanuda.

El cuento número trece, de Diane Setterfield

Pocas veces he leído un fragmento que me haya cautivado tanto como este, pues describe a la perfección lo que sentimos los lectores con un buen libro entre manos, y los escritores cuando nos plantamos ante el papel y dejamos que la imaginación mueva nuestra mano en su relato.

PD: Estoy leyendo este libro yesaltamente recomendable.